Patologías
Qué tratamos
Información clara sobre las patologías urológicas más frecuentes: cómo se manifiestan, cómo se estudian y qué opciones de tratamiento existen hoy.
Información clara sobre las patologías urológicas más frecuentes: cómo se manifiestan, cómo se estudian y qué opciones de tratamiento existen hoy.
Es el tumor más frecuente en el hombre. Detectado a tiempo, es también uno de los de mejor pronóstico.
La próstata es una glándula del aparato reproductor masculino, del tamaño aproximado de una nuez, ubicada debajo de la vejiga. El cáncer de próstata aparece cuando algunas de sus células empiezan a multiplicarse de forma descontrolada.
Es un tumor particular: la mayoría crece lentamente y muchos nunca llegan a dar problemas. Otros son agresivos desde el inicio. Buena parte de la urología moderna consiste justamente en distinguir unos de otros, para tratar los que hay que tratar y no someter a cirugía a quien no la necesita.
Acá conviene ser directo: en las etapas en que mejor se trata, no da síntomas.
Los síntomas urinarios —chorro débil, urgencia, levantarse a orinar de noche— son mucho más frecuentemente causados por el agrandamiento benigno de la próstata, que no es cáncer. Cuando el cáncer de próstata da síntomas, en general la enfermedad ya está avanzada.
Por eso el diagnóstico temprano no depende de esperar un síntoma, sino del control.
No hay un único tratamiento correcto. Las opciones principales:
Los efectos adversos posibles —incontinencia urinaria y disfunción eréctil— se explican antes, no después. Son manejables y en gran parte de los casos transitorios, pero el paciente tiene que decidir sabiéndolo.
El estudio inicial combina el análisis de sangre de PSA (antígeno prostático específico) con el examen digital rectal. Son complementarios: ninguno de los dos alcanza solo.
Un PSA elevado no significa cáncer. Puede subir por infección, por inflamación, por el crecimiento benigno de la glándula o incluso por actividad física reciente. Lo que hace es abrir una pregunta, no cerrarla.
La recomendación actual no es controlar a todos por igual, sino ajustar la frecuencia según el riesgo individual y el valor del primer PSA. Un PSA basal bajo a los 50 permite espaciar los controles; uno alto justifica seguirlo de cerca. Eso se conversa en la consulta.
Hoy la mayoría se descubre por casualidad, en una ecografía pedida por otro motivo. Y eso es una buena noticia.
El carcinoma de células renales es el tumor maligno más frecuente del riñón. Crece dentro del parénquima renal y durante mucho tiempo no produce ningún síntoma, porque el riñón tiene espacio de sobra y un riñón sano compensa al otro.
El principio rector cambió: hoy se busca conservar el riñón siempre que sea posible.
Conservar función renal no es un detalle estético: preserva la función a largo plazo y reduce el riesgo cardiovascular futuro.
Sangre en la orina sin dolor. Es el signo que no hay que dejar pasar.
Se origina en el urotelio, el tejido que recubre el interior de la vejiga. Se divide en dos grandes grupos con pronóstico y tratamiento muy distintos: los que no invaden el músculo de la pared vesical (la mayoría) y los que sí lo hacen.
Hematuria: sangre en la orina, habitualmente sin dolor y de forma intermitente.
Lo peligroso de este síntoma es que se va solo. El paciente ve sangre una vez, se asusta, a la semana siguiente ya no aparece y decide esperar. El tumor sigue ahí.
Cualquier episodio de sangre en la orina en un adulto requiere estudio urológico, aunque haya sido uno solo y aunque no haya vuelto a pasar.
El cáncer de vejiga recidiva con frecuencia, por lo que exige un seguimiento cistoscópico estricto durante años. Ese seguimiento es parte del tratamiento, no un opcional.
No es cáncer, es muy frecuente después de los 50, y no hay por qué convivir con los síntomas.
Con los años la próstata crece y comprime la uretra, que la atraviesa. El resultado es una dificultad progresiva para vaciar la vejiga. Se llama hiperplasia prostática benigna: benigna quiere decir que no es cáncer y no se transforma en cáncer.
Muchos pacientes lo naturalizan como parte de envejecer y consultan recién cuando no pueden orinar y terminan en una guardia con una sonda. No hace falta llegar a eso.
Si se deja evolucionar, la obstrucción puede provocar infecciones urinarias a repetición, cálculos vesicales, retención aguda de orina y daño renal.
El dolor más intenso que describe la mayoría de los pacientes. Y una de las patologías donde el tratamiento cambió más.
Los cálculos se forman cuando algunas sustancias de la orina se concentran y cristalizan. Mientras están en el riñón pueden no dar síntomas. El dolor aparece cuando uno se desplaza y obstruye el uréter: eso es el cólico renal.
La elección depende del tamaño, la ubicación y la composición del cálculo:
Quien hizo un cálculo tiene alto riesgo de hacer otro. Después del episodio agudo conviene estudiar por qué se formó —análisis metabólico, composición del cálculo— y corregir lo corregible. Beber suficiente agua a lo largo del día sigue siendo la medida más efectiva y la más ignorada.